Heridas lamidas

Dices tú de la pupa.
Del sufrir.
El que pica.
Lo que duele.
Lo mal pasado.
Lo no superado.
Las heridas vivas.
Pasadas y actuales.
Esas que no se cierran.

Hoy las miro.
Siguen abiertas.

Son heridas por causa doble.

Por un lado, alguien me hizo daño.
Por el otro, no me pude defender mejor.
No supe protegerme y hacerme respetar.

Y aquí sigo.
Viendo cómo se curan.
Acariciando y lamiendo mis heridas.
Algunas aún duelen, incluso cerradas.

Este sufrimiento me sigue dando lecciones de vida. Pero todavía me pregunto por qué. ¿Era mi destino? ¿Se pudo haber evitado? ¿Qué le puedo decir a quien lo está sufriendo y no sabe por dónde salir de ahí? Es desesperante.

Hace años salí de aquel agujero negro de energía maltratadora.

A veces me sorprendo maldiciendo a quienes culpé y hasta hago chistes sobre atropellos. Pero me quiero convencer de que la respuesta está en mí. Yo soy responsable de cómo lo encajo en mi vida. Yo decido lo que significa y hasta dónde me define.

Está claro que esas heridas no han sanado.

Pero la vida sigue, claro.
Y las heridas se lamen.
Todo se sigue adelante.
Y yo tengo que cuidarme.

Es necesario que atiendas al dolor, pero no es necesario quedarte en él ni dejar que contamine todo ni que te bloquee o paralice. Es fácil de decir. Aplicarlo o intentarlo es otro cantar. Me gustaría contarte lo que he venido haciendo para recuperarme de aquel infierno. Es mucho y nada al mismo tiempo. He necesitado ayuda.

Si estás en una situación parecida o conoces a alguien que lo está pasando mal, tiéndele una mano. Evita decirle a nadie lo que tiene que hacer. Es mejor acompañar y respetar. Aunque solamente sea para que sepa de tu presencia. Para mí ha sido vital.

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Cursos de cursis

Dices tú de lo común.

Eso que parece trillado.
Lo que damos por hecho.
Y se supone sabido.

A veces importa.
Porque vale mucho.

Las cosas importantes.
Esas que importan.
Las que convienen.
Esas que valen.
Porque cuentan y rentan.
Porque pintan y sirven.
Para la vida y la venida.

A veces lo pienso. Hay que repasarlo.

Son ideas antiguas.
Conviene recordarlas.
Volver a cursarlas.

Lo cursi,
lo demodé y
lo trillado.

Lo viejo,
lo clásico y
lo pasado.

¿A qué me refiero?

No pienses en filosofía.
Piensa en tu día a día.

Recuerda la bondad.
Piensa en felicidad.
Repite lo del éxito.
Gratitud y amor.
También amor propio.
Alegría sin más.
Valorar lo inmaterial.
Acceder a lo ideal.
Actuar desde la amabilidad.
Practicar eso de ser buenos.
Desear el bienestar ajeno.
Rondar algunas ideas. Religiosas y espirituales.
La virtud. La compasión.
La inclusión de todos los seres.
Aunque parezca difícil y absurdo. Incluso ridículo.

Practica la bondad hacia ti y hacia los demás, incluyendo los que te caen mal. Sobretodo con esos.

Todos somos merecedores.
Tenemos derecho a estar bien o a estar mejor.

Incluso tenemos derecho a estar peor, si así lo preferimos.

No subestimes el poder del optimismo. Ni de la actitud positiva. Ni de lo que nos enseñan las abuelas. Eso nunca pasará de moda.

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Sálvate, salvaje

Ay que ver.

La cabeza.
Y el pensar.

Te lo digo de verdad.

Lo que son las cosas.
Hablo del cerebro y de cómo funciona la conciencia. El videojuego ese que tenemos en mente. O lo que sea eso que nos hace cavilar.

No sé nada. No sé cómo funciona el pensamiento. Pero me pregunto por qué no llamarlo más bien pensacierto. No sé si es un insulto a los pensadores o una advertencia.

A veces pienso en que me gustaría ser más animal. Me gustaría ser más salvaje para conectar mejor con lo que me rodea. Para vivir más presente en mi cuerpo. Más unido al suelo. Más ligado a la madre tierra.

Me gustaría ser tan salvaje que supiera y pudiera conectar mejor con la vida y la naturaleza.
Tan salvaje, que mi cuerpo fuera más resistente a las inclemencias del tiempo.
Tan salvaje, que mi mente sea más resistente a las circunstancias adversas.

Un momento.
Salvaje, sí.

Pero no tanto como para que no me sepa comportar en público o vivir en sociedad.
No tanto como para no cuidar del mobiliario urbano.
Ni para no tratar a los demás con respeto y compasión, aunque se porten mal.

No sé.
Estoy desvariando.
Igual ya lo soy.
Lo mismo ya lo eres.
¿Y si somos salvajes?

En el sentido de feroces.
En el de no domesticados.
Y en el de no civilizados.

Tenemos un cuerpo tan salvaje como hace doscientosmil años. Metro arriba, metro abajo. Más o menos (cienmil también son muchos años).

Y una conciencia, un instinto, un subconsciente, un aspecto intuitivo, que todavía nos siguen intentando superproteger, tanto del entorno como de los nuestros y de nosotros mismos.

Me sigo preguntando si somos conscientes de quiénes somos.

Porque tal vez nuestra humanidad sea una mezcla entre nuestro salvajismo y nuestra civilización. Entre nuestra aparente falta de libertad y nuestro descontrol. Entre nuestro lado más aparentemente destructivo y el otro más supuestamente refinado.

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P. D. –
Otro conflicto que pretendo resolver es la medida en que hago públicas mis antoñadas o las reservo para mi lista de correo https://antonreina.activehosted.com/f/1

Te auguro un propicio día.