Pelos de sabio

— Hola, viejo duende sabio — dice mi pequeño. 

— Hola, hada mágica del bosque — le respondo. 

Hola, persona sabia. Te digo a ti. 

Hoy es domingo. 

Espero que estés bien. 

No sé cuánto ni cuándo me lees. Tampoco lo pretendo controlar. 

Lo que sí manejo cada vez mejor es el hábito de escribirte. Ofrecer mis antoñadas. Contar mis movidas. Es lo único que calma mi inquietud creativa. Por ahora. 

Prefiero dejar a la gente vivir. Estamos cansados de que nos dirijan. De que nos quieran vender. De la publicidad. Nos quejamos de las noticias. Lo que queremos es tranquilidad y cierta libertad. Aunque a veces pienso que somos un poco esclavos. Yonkis de las pantallas. Siempre buscando entretenimiento. Evasión. 

— Cuidado con la tele — le digo a mi pequeño –. Defiéndete jugando. Cuídate. No te conviertas en zombi. Usa la imaginación. Y la presencia. Abúrrete de vez en cuando. 

Ahora bien. 

Estoy aquí para vender. 

También te lo digo. 

Creo que debemos leer más. Pensar más. Abrir nuevos caminos. Dejarnos transformar. Evolucionar. Mejorar. 

No me veo jubilándome de enfermero. Las condiciones laborales son cada vez peores. Me gusta mucho cuidar, aunque prefiero cuidarme más. Quererme mejor. ¿Y tú? 

Aquí estoy. Creando mi propia lista de correo. Un canal directo. Lleno de gente inquieta. Con interés por mejorar. Con ganas de estar bien para vivir mejor. 

Tal vez no soy más sabio. Pero sé una cosa. Sé lo que quiero. 

No es la edad. Ni las canas. Ni la barba. Ni la calva. Es lo que quiero. 

Vengo a vender. 

Y para eso comparto mis antoñadas. Me ayuda a pensar mejor. Me ayuda a compartir lo que sé. De eso va la vida. De aprender y compartir. Por lo menos de intentar crecer. 

P. D. 1 – Sí, hoy hablaba de canas. En el sentido de saber lo que quieres. De dejarte de tonterías y vivir tu presente. Porque la felicidad o el bienestar no pueden ser objetivos en la vida, sino los medios más básicos para vivir y hacer lo que sea que decidas hacer. 

P. D. 2 – Sal de la pantalla y disfruta de lo que te rodea. Sea lo que sea. Pasa un buen día. Donde sea y como sea. Es tu obligación. Contigo. Hazlo por amor propio. De eso va la vida, ¿no te parece? 

Entre el suelo y la suela

Me apunté a CrossFit. Para estudiar la oposición, aunque no aprobé.

Qué cosas, ¿eh?

Me apunté a un gym. Quería estar mejor para estudiar. Cambié horarios de comidas. Saqué muchas más horas al día para darle caña al estudio.

¿Y qué pasó?

Hoy te hablo de los pies.
Del suelo. De por qué hay que ir más tiempo descalzos. En casa, en la playa, en el césped. Donde sea que puedas descalzarte. O siempre que quieras desnudar tus pies.

Y jugando me hernié.
En el Mar Menor. Esa laguna herida, parece que se está muriendo.
Una pena. La laguna y mi lesión.

Me flipé aupando a mi pequeño retoño. Estábamos en el agua. Imaginaba que eran sentadillas con el balón medicinal. Ese que pesa tanto. Y me hice daño.

Resultó ser una hernia inguinal. Y tardé dos años en decidirme. En dar el paso para operarme. Estaba la pandemia, vale. Pero es que me aterrorizada pasar por quirófano.

Y le di largas al asunto. Muchas largas. Incluso me convencí de que podría revertir la situación solamente con cambiar la manera de andar. Aprendí a hacerme un vendaje. Hice vida casi normal.

Y redescubrí algo que ha sabía.
Lo de caminar descalzos. Para el cuerpo. Para la mente. Para el espíritu.

Ya te digo.

Lo tienes que probar. No sé si te gustará tanto como a mí. Al cambiar la manera de apoyar el pie, vas como de puntillas y eso cambia tu postura.

Desde lo más físico y mecánico, hasta lo más sutil y energético. Se nota que conectas con algo. Hay cambios en el cuerpo. Me siento más vivo. Más calmado. Más conectado. Mejor recargado. Más presente. ¿Qué te parece?

Hay mucha literatura al respecto. Yo solamente digo que lo intentes. En casa. En la playa. En la hierba. Sobre la roca. Pruébalo. Un ratico. No pises donde sea peligroso. Acostúmbrate poco a poco. Lo mejor es disfrutarlo. Deja que te estimule. Que te haga cosquillas.

Finalmente me dejé operar de la hernia. Me alegro de haberlo hecho. Esa es otra historia. La de dejarme hacer. La de entregarme. Confiando. Fue muy difícil. Gracias a ello estoy mejor. Aprendí mucho. Ahora me siento bien.

Para terminar, insisto.
Es una toma de tierra. Los beneficios se acumulan con el hábito. Aunque los notas al instante. Ahora que llega el verano. O el invierno. Da igual. Pruébalo. Ponte sandalias de esparto. O de cáñamo. Calcetines de lana. O de algodón. Tejidos naturales. Algo barato.
Y observa qué te pasa. A mí me calma.

Ya paro.

Ya me contarás.

P. D. – Las zapatillas minimalistas pueden ser caras. Tampoco te flipes. Las hay muy baratas. Buscamos el contacto directo con el suelo. Sin suela. De ti depende. Tú quítate los zapatos. Ya verás. Es uno de los conceptos que propongo para mejorar tu salud y tu bienestar. Si tienes dudas, pregúntale a tu enfermera. Tampoco te flipes.

El cordero del vecino

Fitetú.
Mi padre era hijo de barbero.

Ha hecho muchas otras cosas en su vida.
Empezó afeitando y cortando el pelo.

Entre otras muchas lecciones, siempre me cuenta la historia del cordero.
Ahora verás por qué te la cuento.

Una vez le compró unos borregos a alguien del pueblo.
Así se llaman las crías de la oveja. Supongo que ya lo sabías.

Tenía la intención de venderlos y ganarse un dinero.
Pensó que estaban muy sucios.
Así que los lavó bien y los dejó secándose sol en la puerta de su casa.
Ahora sigo..

El caso es que yo nunca había pensado lo que hacía en realidad.
Hablaba mucho con la gente. Iba a visitar a gente.
Parece que siempre estaba de broma. Pasaba tiempo en el bar.

Y hace poco lo he comprendido.
Ahora sé lo que hacía mi padre.
Es lo mismo que tenemos que hacer cuando emprendemos cualquier proyecto.
Una sola palabra.

Vender.

Siempre estás vendiendo algo.
Cada vez que iniciamos cualquier cosa.

Yo tarde muchísimo tiempo y dinero en comprenderlo.

No te digo ya en asimilarlo y ponerlo en práctica.

Sigo con la historia.
Otro vecino pasó por allí y le compró uno de los corderos.
Al parecer se veían muy blancos, hermosos y saludables.
Le hizo una buena oferta y se los llevó todos.
Pero al llegar a casa ocurrió algo inesperado..

Siempre estamos vendiendo.

Es la lección más relevante que he asimilado últimamente.
Lo malo es que antes tenía una connotación negativa.
Antes pensaba que el marketing y las ventas eran una manera de engañar a otros.

El comprador llegó a su casa y le dijo a su mujer:
– Qué raro, le acabo de comprar unos borregos a Pepe y, al llegar aquí, se han metido a la casa de al lado.

Entonces la mujer supo lo que había pasado.
– Tu vecino se los ha vendido a él esta misma mañana. Como estáis enemistados y no os habláis, no te has enterado. Pero los animales sí han reconocido su cuadra.

Por eso te cuento esta historia.
Antes pensaba que vender era malo.
Antes pensaba que vender era engañar.

Ahora entiendo que ahí nadie engañó a nadie.
Ahora pienso que vender es entregar algo a cambio de algo.

P. D. 1 – Estoy perdiendo complejos absurdos que no necesito. Ya está bien de avergonzarme por ofrecer lo que soy y lo que hago.

P. D. 2 – Cada día escribo un email. Cada día cuento algo y pongo un enlace. Estoy aprendiendo a vender. Sin malestar ni apego al resultado.

P. D. 3 – Sígueme por aquí o apúntate a mi lista privada para recibir antoñadas en https://antonreina.activehosted.com/f/1