Papás y pipas

Escribo cada día.
Lo sé.
Ya sé que escribo cada día.
Me ha dado por aquí.
Qué le vamos a hacer.
A ver cuánto me dura esta locura.

Lo digo por si desvarío demasiado.

Casi siempre me influye la gente.
Me sorprende cómo se porta el ser humano.
Me sorprendo de cómo se comportan los demás.

Eso sí. Siempre tengo algo en cuenta.
Nadieesmásquenadie.
Suena a frase hecha. No sé si lo es.
Pero es que me esfuerzo por recordármelo cada vez que me siento molesto.

A lo que vengo.

Me estoy leyendo varios libros a la vez.
Lo siento. No hay normas para leer, que yo sepa.
Y uno de ellos va sobre la moralidad. Concretamente, los peligros de la moralidad.

Es muy interesante buscar nuevos puntos de vista, más allá de la crítica fácil y la queja por cómo se comportan otros. Es interesante y también, lo confieso, bastante difícil. Porque me quedo sin salida y tengo que tirar de nuevos espacios no explorados en mi pensamiento.

¿Y entonces, qué?

Les veo tirar basura al suelo. En la playa. Por la calle. En el cine. Desde el coche. Ni se les ocurre buscar una papelera. O llevarse su caca a casa, no sé. No se les ocurre pensar en que sus hijos van a imitar sus acciones y actitudes.
Comer pipas y escupir la cáscara al suelo es lo que estás enseñando a tus retoños.

¿Y?

Pues que he encontrado la frase que mejor me sienta en esos casos y lo mismo te inspira a ti también. Por cierto, no sé de quién es. ¿Lo sabes tú?

No te compares con nadie.
Ten la cabeza bien alta y recuerda:
No eres ni mejor ni peor.
Simplemente eres tú.
Y eso nadie lo puede superar.

P. D. – Sigo dándole vueltas a lo efímero de la vida, la levedad del ser y la necesidad de amar o no al prójimo. ¿Tú también piensas en eso alguna vez? Tal vez sea mejor compartir antoñadas sobre salud, autocuidado y bienestar… https://antonreina.activehosted.com/f/1

Teléfono sin voz

Dices tú de mi abuela.
La que me daba pan mojado en vino y azúcar para merendar.

¿Era una mala madre?
No lo sé. Dímelo tú.
¿Por el vino, dices?
¿Acaso por el azúcar?
¿O por el pan blanco?

Seguro que estaba convencida de cuidarnos bien. Pensaría que era lo mejor de lo mejor para los críos. Como cuando iban a buscarle sesos para dárselos a mi madre de pequeña. Historias.

Pero lo que más me sigue viniendo a la mente sobre mi abuela, además de que siempre trabajó mucho y fue una mujer dura de pelar hasta el final, es que no sabía hablar por teléfono. Ahora verás.

No había móviles. Solamente algún fijo en el pueblo. Y la gente iba allí a llamar o recibir llamadas de sus hijos que trabajaban o vivían lejos.

Lo más sorprendente es que no sabía hablar por teléfono. No podía articular palabra.

A mi abuela le pasaba algo tremendo. Le marcaban el número y le pasaban el aparato. -Póntelo en la oreja, así, y habla- le dirían. Y se quedaba paralizada.

No es que no supiera usarlo, que desde luego no sabía. Es que se quedaba sin voz. Y no podía hablar con el teléfono.

Por eso admiro a los mayores que se atreven a explorar las redes sociales digitales. Admiro al que usa guasap aunque sea solamente con audios. Con las letras gigantes. Dedicando muchos minutos a escribir unas pocas palabras.

Es importante cultivar nuestra alfabetización digital. Mantenernos actualizados. En la medida que consideremos suficiente para poder vivir. O sobrevivir. Aunque hay algo más vital y necesario que eso.

¿Te digo qué es?

El autocuidado.
El autoconocimiento.

Cultivar el autocuidado en general y cultivar el autoconocimiento en particular. Mediante la magia, el arte o la ciencia. Hay muchas herramientas. Solamente necesitas curiosidad.

De eso va una parte de lo que considero la revolución del bienestar. Todavía no me atrevo a publicar al respecto, pero sigo practicando. De todas maneras de eso se trata, ¿no? De eso iba la vida…

P. D. – Mi lista privada de correo, para que te lleguen más antoñadas y más personales, https://antonreina.activehosted.com/f/1

Aparca bien y no mires por quién

¿Tienes coche?
¿Conduces?

En realidad eso no importa.
No sé si conduces. Da igual.
Lo que cuenta es la idea de hoy. A ver qué te parece.

Me sigue sorprendiendo la actitud del ser humano en casi todos los aspectos y circunstancias de la vida.

Una parte de mi acepta que somos rebaño. Tropezando entre nosotros e intentando sacar la cabeza para respirar. Para comer, trabajar, comprar, aparcar, aparearse y más o menos para vivir. Para sobrevivir.

Otra parte de mi se reconoce libre. Pero no en el sentido de hacer lo que quiera. Que es lo que nos han hecho creer. La libertad yo la entiendo como la libertad de pensar y sentir. La posibilidad de decidir cómo me tomo las cosas que me pasan cada día. En qué medida dejo que me afecten las circunstancias que me rodean.

Eso es lo que me hace odiar a la gente y amarla a la vez. Apreciarla y rechazarla al mismo tiempo. Amodio al ser humano. Lo reconozco. También me avergüenza reconocerlo y decirlo.

Hay una parte genética que me define y otra circunstancial que también me define. Y las dos forman parte de lo que soy y de cómo me tomo las cosas, la gente y la vida en general. Y lo de aparcar de cualquier manera en particular.

No sé si conduces ni cómo conduces. No sé cómo vas aparcando por ahí. Lo que sí sé seguro es una cosa. Hay algo que tengo muy claro. ¿Te lo digo?

Aparcarás igual.

Vas a seguir aparcando como te dé la real gana. Como te salga de los genes y de las ganas. No importa lo que te diga nadie. Solamente cambiarás por decisión propia y consciente o por alguna experiencia que te conmueva lo suficiente.

Y tengo que aceptarlo.
O patalear.
O resignarme.
O denunciarlo.
O enfadarme con el mundo, porque otros me parezcan más incívicos. Como si ser más respetuoso me hiciera mejor que otros, ¿verdad?

Solamente depende de mí y de mi propia manera de vivir la experiencia.

P. D. – Para más reflexiones y antoñadas así hay quien se apunta a mi lista privada. Ya me da igual ser más o menos cargante escribiendo todos los días. Un saludo.
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