
De vez en cuando vengo a mi pueblo.
Tengo la suerte de haber tenido una infancia en un pueblo. Será la edad que me hace pensar así.
El caso es que suelo reconectar con mi infancia y con mi fuente.
Esa fuente de la que he bebido desde pequeño. Para bien y para mal. Supongo que para pensar.
Fuente de miedos y creencias.
Fuente de heridas y dolores.
Fuente antigua y esencial.
Raíces del árbol de mi mente. Esas gafas con las que desde pequeño he mirado el mundo no siempre a mi pesar.
Pues bien.
Hay dos miedos.
Dos.
2.
Como dos caras de una moneda.
Hay unos miedos que me paralizan y me frenan. Pensamientos y reacciones que no me aportan nada más que eso, parálisis.
Son los me-dió-miedo.
Miedo al error. Miedo al ridículo. Miedo a molestar. Miedo a brillar… Ya sabes. Limitaciones.
¿Y los otros?
Los otros son medio-miedos.
Es decir, miedos buenos. Miedos que me ayudan a pensar. Son esos miedos que asustan pero que también me impulsan a superarme. Me arrojan adelante como los motores de un cohete. Esos son los que quiero tener.
Miedos no-miedos.
Como el miedo a quedarme siempre en el fango de conformarme con lo mínimo. Miedo a seguir poniéndome límites mentales como el que pone muros en las ventanas de una casa.
Miedos que me impulsan a salir de una trampa mental, esa que no me sirve para nada bueno.
Miedo a no crecer y mejorar, como crece un tallo que se estira hacia el sol. Miedo a ser mal ejemplo para los retoños que vienen creciendo en la familia de sangre y en la familia del mundo.
.
Tener miedo es tan normal como tener frío o calor según el clima. Lo que toca es decidir qué miedos son útiles para mí, como una herramienta multiusos… y cuáles no me sirven para nada más que ponerme la zancadilla en el camino de la vida.
.
Buen día)))
.
Descubre más desde antonReina)))
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.